Se los cuento por encimita, para no cansarles.Nuestro personaje se llamaba Iván IV Vasílievich, descendiente directo de Rurik, el vikingo que fundó Rusia.
Cuando murió su padre, Vasili III Ivanovich, gran príncipe de Moscú, nuestro Ivancito apenas tenía tres años, así que el poder quedó en manos de una regencia encabezada por su madre y, después de la muerte de esta, por los poderososBoyardos: miembros de la nobleza que controlaban y aconsejaban en los asuntos de la corte.Y aquí empieza la historia.
Porque aquellos cuidadores no se comportaron precisamente como tales.El muchachito creció entre humillaciones, hambre, encierros y malos tratos. Lo vestían lujosamente para presentarlo en las ceremonias oficiales y desfiles. Después, lo devolvían a sus aposentos, donde volvía a ser un niño solo, asustado, maltratado y en calzoncillos, o con cualquier trapo encima, a pesar del frío o del calor.
En aquella época todavía no existía la Rusia que conocemos. El territorio estaba dominado por el Gran Principado de Moscovia y por otros principados que, mediante guerras, alianzas y conveniencias políticas y comerciales, fueron terminando por agruparse en una estructura estatal cada vez más poderosa.
Iván creció viendo cómo quienes tenían el poder podían hacer con él lo que se les daba la gana.
De todas formas, entre tanto atropello, nunca dejó de recibir sus lecciones particulares en todas las materias de aquel tiempo: matemáticas, filosofía, astrología, además de una formación religiosa ortodoxa que marcó gran parte de su forma de ser.
Hasta que llegó el momento en que se cansó de tanto abuso por parte de sus regentes.Tenía trece años cuando decidió que no iban más.
El 29 de diciembre de 1543, Iván mandó llamar a Andréi Shuiski, uno de los hombres que más lo había humillado y que había ejercido una enorme influencia negativa sobre su carácter.
Shuiski acudió a los aposentos del joven soberano, tal vez pensando que iba a recibir alguna petición. Llegó con su sonrisa soberbia y su mirada burlona.
Iván ordenó, con una voz de mando sorprendente, a su guardia personal que lo apresaran.
Ordenó que lo golpearan salvajemente.
Por último, lo sacaron arrastrado y lo llevaron hasta el patio del Kremlin, donde fue arrojado a los perros que, por entretenimiento y ocio, se criaban en el palacio: animales de caza y guerra, adiestrados para pelear hasta con los lobos.No quedó mucho del pobre boyardo.
Fue mucho más que una venganza.
Fue el primer acto de autoridad del muchacho.El niño se desquitó de una manera terrible.
El adjetivo quedó encajado desde ese momento a su nombre:
IVÁN EL TERRIBLE.
Cuatro años después, a los dieciséis, Iván fue coronado. Se autoproclamó solemnemente ZAR… el nombre que en aquel idioma correspondía a CÉSAR.
Los moscovitas estaban convencidos de que Moscú era la Tercera Roma.
Y entonces empezó otra historia.Una historia difícil de contar sin tener un hígado fuerte.Porque Iván fue un gobernante extraordinariamente complejo: expansionista, inteligente, culto, capaz de grandes decisiones políticas y militares, pero también víctima de profundas paranoias, arrebatos de violencia y una crueldad que terminó alcanzando dimensiones espantosas.
Hubo campañas militares, conquistas sobre los kanatos próximos y una expansión territorial vertiginosa.
Entre los hechos más terribles de represión se encuentra el castigo a la ciudad de Nóvgorod, alentado por el rumor de que desde ese sitio había planes para derrocarlo.
La ciudad fue saqueada y sus habitantes, en un 90 %, exterminados.
En medio de aquella personalidad cada vez más desbordada hubo, sin embargo, una mujer capaz de calmarlo: su primera esposa y su verdadero único amor, Anastasia Románovna Zajárina.
Iván encontró en ella el equilibrio. Ella calmó sus ímpetus mientras duró el matrimonio.
Hasta que Anastasia murió.
El zar sospechaba que había sido asesinada, aunque los registros históricos dicen que murió por enfermedad.
Siglos después, en el año 2000, los análisis forenses de sus restos encontraron concentraciones extraordinariamente elevadas de mercurio.
Bueno… ya ni modo de avisarle al marido que tenía razón. Qué le vamos a hacer.
A Iván se le terminaron de aflojar los tornillos. La muerte de la mujer lo dejó sin frenos.
Los años pasaron.
El zar conquistó territorios, acumuló poder y riqueza, y la sola mención de su nombre era motivo de pánico, hasta para lograr que los niños se acostaran a dormir temprano, se portaran bien o se tomaran la sopa.
Hasta que ocurrió algo que lo catapultó hasta un final desconcertante.
El Terrible tenía alrededor de cincuenta y un años cuando discutió con su hijo, el zarévich Iván Ivánovich, su flamante heredero de veintisiete años.
El hijo defendía a su esposa, a quien su padre había maltratado.
En medio de la discusión, el zar golpeó a su heredero en la cabeza con un bastón de madera con punta de hierro que siempre llevaba consigo.
El golpe aterrizó encima de la oreja.El joven cayó manando sangre de la sien y del oído.
Los médicos no pudieron salvarlo después de tres días de luchar contra la muerte.
Después de la pérdida de su propia estirpe, el hombre que había aterrorizado a las tribus más fieras del norte de Asia comenzó a quebrarse.
Entró en un delirio de culpas y arrepentimiento.Veía a los muertos rondar su cama y su trono, dormido y despierto de día y de noche.
Iván ordenó hacer una lista de los registros de aldeas y pueblos, con más de tres mil nombres de personas que habían muerto por su causa y pidió que se rezara por ellos en todas las iglesias, como si con oraciones pudiera ser perdonado de sus pecados.
El poderoso zar envejeció en los dos años siguientes hasta adquirir un aspecto decrépito, de octogenario: encorvado, con una barba larguísima, caminaba arrastrando los pies y se movía con dificultad.
Apenas tenía cincuenta y tres años.
Sintió que sus fuerzas se agotaban. La muerte le hablaba en la cara, dejándole el fétido olor de una bestia de monte.
Como todos los hombres de su tiempo, el soberano creía en presagios, conjuros, supersticiones y poderes del más allá.
Hizo llamar a magos, brujas, chamanes y adivinos procedentes de Laponia, cuna de la hechicería mundial.
Sesenta supersticiosos se reunieron y comenzaron a realizar ceremonias y consultas.
Anunciaron algo aterrador:
Iván moriría el 18 de marzo de 1584.
El zar se echó a reír.
Y después los amenazó:
—Si no me muero ese día, los mando quemar a todos.
Llegó el día señalado.
Iván despertó.
Se sentía divinamente.Mandó avisar a los adivinos que pronto prepararía la hoguera.
Pero ellos enviaron una respuesta:
—El día todavía no ha terminado.
Alrededor del mediodía, Iván decidió jugar una partida de ajedrez con uno de sus consejeros.
Preparó el tablero.
Tomó las piezas.Y cuando fue a colocar la pieza del rey, esta se le resbaló de la mano y cayó al suelo.
Iván se inclinó para recogerla.
Enderezó el cuerpo, ya con la pieza en la mano.Sonrió.
Pero aquella sonrisa se convirtió en una mueca.
El zar cayó de espaldas.Y cuando su cuerpo tocó el suelo, el hombre ya estaba muerto.
Jorge Mario Yepes Velázquez.
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