El tercer encuentro con Dios.
¡Pare aquí! ¡Pare aquí! —le dije, urgente y suplicante, al chofer del bus que precisamente acababa de recoger a un pasajero.
A pesar de su fastidio, no tardó, refunfuñando entre dientes, en volver a parar y dejarme bajar.Había alcanzado a ver a mi amigo Jehová detrás de una recua de mulas, bajando por un camino de tierra.
—¡Holaaa! —le grité, caminando hacia él con una sonrisa que no me cabía en la cara.
—¿Hola de qué? Pues ¡hola de qu’hubo! —le dije, haciéndole una mueca desencantado.Al momento me arrepentí de la respuesta, pues se supone que, al encontrar a Dios, debía hacer una reverencia infinita y tener una humildad de perro criollo ante el Omnisciente.
Bajé la cabeza y me disponía a clavar rodilla en tierra.Sorpresivamente, su actitud no fue la misma de las veces anteriores.
—No joda, no se vaya a ensuciar los pantalones. Más bien venga, que a media cuadra hay una fondita y nos tomamos un aguardiente y adelantamos cuaderno.
—Señora Ana María, ¡buenas tardes! —habló desde afuera el viejo.
—Le presento a mi amigo… Como se llame. Es que no me acuerdo. Pero qué verraco pa’ hablar paja.Me quedé perplejo con la presentación.La señora de la tienda asintió hacia mí con la cabeza y una sonrisa. Trajo media de aguardiente, dos copitas y se devolvió detrás del mostrador, con un trapo, a hacerse la que limpiaba.
—¿Y esta vez cómo me reconoció?
—No viene caminando encorvado y esas mulas no brillan de sudor. No traen el paso cansado ni sienten la carga.
Vienen secas. Además, no trae ningún zurriago en la mano. Y ahora que están ahí paradas afuera, no mueven el cuero para espantar los moscos…
Antes de que Dios me replicara, volteé la mirada hacia la señora del mostrador, que escuchaba atenta. Después lo miré a él.
—No se preocupe —me comentó con naturalidad—. Cuando nos vayamos a ir le hago un gesto y no se acordará de nada.Entonces sacó de su carriel los dos libros que yo había escrito.
—Y claro que sí me acuerdo de usted…
Cuando se metió en problemas empezó a escribir, ¿cierto? Por eso le dije a la doña que usted era un verraco para hablar paja.El calor se me subió a las orejas. Habían pasado tantos años desde mi último encuentro en aquel potrero de mangos, que me sentía avergonzado de todas las carajadas en las que me metí desde ese día.
—¡Tranquilo! —me dijo, leyendo mi angustia.
—Ahora me preocupo por muy poquita gente y usted está en mi radar. En realidad, no juzgo a nadie; esas son vainas de los curas.
Ya no me preocuparía demasiado por lo que hizo o dejó de hacer. Muchas veces el cerebro repite cosas de las que uno no se quiere acordar.
Me sentí más avergonzado aún, como si aquello fuera el perdón de mis pecados, y me agobió que hubiera sido tan fácil la exoneración.
—Pero cuénteme, maestro, ¿por qué de arriero? ¿Por qué las mulas?
—le pregunté mientras llenaba los vasos, tratando de cambiar el tema.
—¡Me mamé! —dijo en tono descarado—.Aunque no me puedo descuidar del todo.
Acuérdese de lo que me pasó con el diluvio.Las otras veces que le he quitado la vista al universo, ha sucedido: Pompeya, Santorini, Krakatoa, dos guerras mundiales y el reguetón.
Hacer de arriero no me quita el gusto de observar paisajes amables, y las mulas no joden. Son excelente compañía.Me ayuda a mantenerme alerta, pero selectivo.
A veces alcanzo a congelar un volcán, dejando que desfogue de a poco, aunque dejo pasar uno que otro terremoto, o a reemplazar un líder arbitrario, pero, sin saber realmente si lo reemplazará uno más loco.
Lo cierto es que, definitivamente, el mayor peligro es la gente.
Sartre tenía razón: «El infierno son los demás», y este mundo se llenó de diabluras.Antes escuchaba plegarias y el fervor de la gente. Inclusive mandé a Chucho, pero me salió con ideas pacifistas y se hizo crucificar.
De todas formas, no dejé de escuchar plegarias, pero inventaron el radio, la televisión y las redes sociales.
Primero no escuchaba bien por tanta interferencia. Ahora simplemente no sé qué es verdad y qué es mentira, con tanto periodista vendido, tanto cura ambicioso, tanto pendejo publicando en TikTok y riéndose para la foto con unos dientes dos tallas más grandes.
Entonces me vine para acá, para estas montañas, y de vez en cuando salgo a caminar. Le ayudo a la gente con sus cargas, hago tareas fáciles y solo me relaciono con ciertas personas.
—No es que yo haya abandonado al mundo, sino que el mundo me abandonó a mí.Esta última frase la dijo con los ojos aguados y media docena de guaros entre pecho y espalda.
—Y ni hablar de cambiar las cosas de un momento a otro.
La fe mueve montañas, pero ya no hay fe y las montañas se están cayendo porque les están pelando los árboles.
La fe es lo que alimenta los prodigios, ya hay muy poca. Por eso ando escaso de milagros.
Todo esto me lo dijo durante aquella tarde, entre un aguardiente y un cigarrillo, con música de las Hermanitas Calle, escuchando «Alas de gaviota» y aquella canción que dice:«Aviente el paso, mula hijueputa, que ya muy pronto vamos a llegar».De Octavio Meza.
Nos burlamos de medio mundo, pero no digo nombres. Echamos cuentos de la Nena Jiménez, imitamos a Bad Bunny, que canta como si tuviera una papa en la jeta, y nos cagamos de la risa. Nos cogió la noche.
En un momento me paré al baño.Cuando volví, la mesa estaba vacía, pero las dos copas sí estaban ahí.
La botella seguía siendo media, como si no hubiéramos bebido.Le pregunté a la señora por el señor que estaba conmigo.—Él pagó y se fue.
—¿Y usted no sabe dónde vive? ¿No sabe cómo se llama? ¿No lo había visto antes?Doña Ana María, con el más paisa de los acentos, me respondió:
—Aah, nooo… ¡yo no me acueeerdo!
El Señor, antes de irse, le había hecho el gesto a la Doña.
jm
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