JM Yepes

Jorge Mario Yepes

DE LA VIRTUALIDAD AL DESESPERO

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Bien se podría detener una guerra si el Internet se cayera definitivamente.

Imaginen ustedes la cantidad de inteligencia que se maneja por las redes.

Porque estas que utilizamos no son las únicas… Son las públicas, a pesar de que son administradas por privados.

Vaya uno a saber las redes que tienen los gobiernos para manejar sus propios intereses.

Cuando aparecieron los primeros correos electrónicos y se empezó a cargar la nube de mensajes, pasaba por los vestíbulos de hoteles, conjuntos de prestancia y salas de espera VIP, observando aquella ola de humanos con las primeras laptops.

Luego se inundaron los barrios de locales con sala de internet. No me imaginaba a la gente teniendo tanto que decir.

La globalización me tomó por sorpresa y veía a los europeos, rubios, barbados y oliendo a chucha, salir de algún puesto lleno de pantallas de internet en los bordes de la Amazonía.

Yo, con mi flechita de Nokia, bien me defendía, aunque maravillado de que pudiera hablar por teléfono desde mi vehículo o desde la ladera del Chimborazo con gente que estaba por allá, en la porra… cuestión que para muchos era impensable en los tempranos 70. No he dejado de pensar en el Súper Agente 86, que hablaba por un zapato…

Pero, en fin, muy entrados los años dos mil, por cuenta de mi hija, que me trajo a Quito un aparato de pantalla, sucumbí al cacharreo y al carajeo de transitar por el novedoso Facebook; una latente feria de vanidades, y el recién estrenado WhatsApp, por el que se puede enviar un audio con llorada o abrazo en tiempo real, tener novia, mentarle la madre a los demás sin que nos den en la jeta, pelear con el gobierno sin que nos metan a la cárcel y montar cachos de tal forma que desplazamos las plazas de toros.

Y así, con nadado de perro, se fue metiendo este aparato en la mano, en el bolsillo o en el bolso, y se volvió imprescindible, de tal manera que, cuando se pierde o se lo roban, la gente dice:

—Ahí estaba toda mi vida.

Y no se equivocan.

También es la billetera, con todos los documentos; el álbum familiar; el consultorio médico; el mostrador para vender o para comprar; la televisión; el noticiero; la primera fila; el aula de clases… y la antesala del culo de cuanta gañifa camina por la calle con las nalgas forradas: siempre se le ve medio celular en la pretina, así no tenga minutos o así no sirva.

Pero miren ustedes lo que pasaría —que de hipotético no tiene nada, porque ocasionalmente está sucediendo—:

Se va la luz, se va la señal, te quedas sin batería, no tienes cobertura o se te cayó y se dañó…

Automáticamente te conviertes en un bicho con un pedazo de plástico costosísimo en la mano, sin saber qué hacer, porque hasta el ego está ahí guardado. Miramos varias veces la pantalla, reiniciamos y hasta oramos para que nuestra vida, ahí atrapada, asome por la pantalla y nos diga qué hacer.

Cómo extraño el tiempo cuando las horas caminaban de la mano conmigo, sin prisa… Cuando escribía una carta y esperaba una o dos semanas por la respuesta.

Ustedes, contemporáneos, ¿cuándo volvieron a gastar el grafito de un lápiz contra un cuaderno, o a agotar la tinta de un lapicero escribiendo la lista del mercado o un poema en una servilleta para la niña que está al frente?

Y ni hablar del sacapuntas… que, a estas alturas, los muchachos ni siquiera saben qué es esa joda.

JM