
En una América no precisamente liberada, sino más bien descolonizada al vaivén de intereses fiscales, el rezago en el desarrollo no está causado exclusivamente por el gobernante… También está en el mecanismo de la fanatización.
Pueblos enteros desarrollan una pasión por el político de ocasión —el mesías— o por el político de apellido.
Ahí comenzó el baile.
El político no se apega a un plan: solo necesita una fanaticada.
No importa si el cargo le llega del cielo por herencia o si lo alcanza por ocasión —un empresario que busca poder o un «influenciador» de las redes sociales—, aunque no tenga experiencia, trayectoria técnica en la administración pública ni conocimiento del funcionamiento del Estado.
Le bastan imagen, fama y una historia que contar. A la gente le fascinan las historias.
«Nosotros contra ustedes».
El apasionamiento hace el resto. La polarización queda sobre la mesa como una pistola cargada. El líder ya no necesita mostrar resultados. Puede gobernar sin enseñar logros porque, en la fidelidad de sus seguidores, los objetivos se miden en culpas, desatinos anteriores y errores eternos que se exhiben en forma de escándalos.
No necesita construir colegios ni centros de salud, pavimentar carreteras ni nada de esas vainas.
Solo le basta construir identidad.
En el momento en que se abre la ventana de la identidad, la coherencia se vuela por la chimenea, y la razón y el sentido común se vuelven humo.
Cualquier observación, sugerencia o crítica se convierte en una «vil traición a la causa»… Entonces, cualquier cosa que se diga sobre una gestión equivocada equivale a ayudar al enemigo.
Ese es el punto de partida del desastre, que solamente el tiempo se encarga de dibujar y la historia, de condenar.
Un ciudadano polarizado deja de ejercer control político y se convierte en colaborador.
¿Para qué utilizar los conductos regulares de contratación, efectuar actos transparentes y controlar el gasto público si, de todas maneras, van a aplaudir?
Las palabras mágicas serían:
—¡Los otros lo hicieron peor!
Y nadie parece advertir el cadáver oloroso en que se está convirtiendo la rendición de cuentas.
¡Pero taparse la nariz aguanta!
Para eso existe un antídoto llamado clientelismo fraternal.
La gente no dirá:
—El presidente me dio un cargo…
En vez de tan corriente argumento, exclamará:
—¡Mi líder me ha salvado!
Los políticos de apellido ya saben cómo es la vaina: cómo pagar favores, cómo repartir puestos, cómo repartir contratos, etcétera.
El influenciador bajado del cielo aprende rápido.
Cualquier intento de reforma se vuelve sospechoso cuando amenaza con detener, de un momento a otro, algún engranaje de una maquinaria construida para extraer.
Cualquier intento de escalar al poder por méritos se deshace en una escalera de peldaños resbalosos, embadurnados por un poder que llega a borrar los avances del anterior, no por su beneficio o inconveniencia, sino simplemente porque «los hizo el otro».
Es la muerte de la meritocracia por fuego cruzado.
La entrega de cargos a los amigotes, nombrados a dedo, termina llenando ministerios y oficinas de instituciones con técnicos que asesoran, ayudantes de técnico, la moza del primo, el cuñado varado y una fauna infinitamente diversa de lambones y aduladores.
Ningún país puede darse el lujo de pensar un plan de desarrollo siquiera a veinte años cuando, cada cuatro, llega un carajo con una escoba a barrer y a desbaratar por igual lo bueno y lo malo.
Colombia, Argentina, Perú, Chile y Brasil, por nombrar solo algunos —desgraciadamente, Estados Unidos últimamente se encuentra en esa tónica, de ahí su deterioro económico y social reciente—, ven pasar, período tras período, este fenómeno: no políticos, no estadistas, sino simples figurines exclamando lo que la gente quiere escuchar, con la misma pasión que un adolescente pone en las palabras con las que intentaría hacerle el amor a la vecina.
No, señor: en estos países no hay ciudadanos; hay fanáticos.
No hay estadistas; hay ídolos que arrancan lágrimas como cualquier par de tetas en un estadio.
Jorge Mario Yepes.
Nota:
Ningún animalito fue maltratado durante la elaboración de este escrito.
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