
Jorge Luis inventó una máquina para coleccionar recuerdos, pero el circuito del deslaminibinidizador —o sea, el que deslaminibinidiza los recuerdos— se quedó atorado. Como consecuencia, los recuerdos se salieron de control: salían de un cerebro y se instalaban en las personas equivocadas. Su potente antena, con un alcance de diez kilómetros a la redonda, recogía los recuerdos de los habitantes de la comarca y los devolvía indiscriminadamente… también a los animales.
El enredo fue mayúsculo porque el cura tomó los recuerdos del promiscuo marido de doña Cipriana, la modista. El sacerdote se acordaba de todas las fufurufas de «La Granja del Placer». Un caballo ladraba insistentemente por la calle y las gallinas de los solares no sabían cómo amamantar a sus polluelos.
El gerente del banco perdió el recuerdo de la clave de la bóveda, pero se acordaba de la magia de los besos de la reina de las ferias del pueblo. Mientras tanto, en la casa de los Hurtado, la señora no recordaba el nombre de sus hijos, pero empezó a recitar: treinta y nueve a la derecha, tres a la izquierda, dos vueltas a cero y ¡clic! La caja fuerte se abre.
Los recuerdos saltaban de cabeza en cabeza a medida que Jorge Luis trataba de arreglar la máquina. Las personas se acordaban de noches increíbles, de vacaciones fantásticas y hasta de palabras de amor, promesas y pecados ajenos.
En los buses, en los automóviles y por la calle, la gente no se acordaba para dónde iba; pero uno sí recordaba dónde había dejado mucha plata; otro, cuándo era su cita médica; y el de más allá, unas curvas maravillosas… Súbitamente, algunos lloraban, se tapaban el rostro con las manos ante recuerdos horribles o corrían a buscar objetos extraviados.
Doña Encarnación estaba feliz con el recuerdo de la aventura con el dueño de la farmacia y hasta fue a darle las gracias por tan maravilloso polvo al consternado farmaceuta, que no sabía qué estaba haciendo detrás de ese mostrador.
De un momento a otro, la máquina hizo cortocircuito y empezó a despedir chispas y humo entre pequeños estallidos.
Jorge Luis ya no se acordaba para qué había inventado la máquina. En cambio, se acordó de que tenía que llevarle un encargo a una tía que no tenía y empezó a repetir:
—Doscientos de pan, ciento cincuenta de queso y dos barras de mantequilla. Doscientos de pan, ciento cincuenta de queso y dos barras de mantequilla…
Mientras tanto, los pájaros andaban a pie y los perros anidaban en el campanario.
El cartero recordaba el amor de Mariela, y la hermana Mariela, superiora del convento, se acordaba de las canciones de Diomedes.
El notario corría a arreglar una máquina de coleccionar recuerdos que recordaba haber inventado y que se había salido de control.
Y a mí tu recuerdo me agobia, pero no sé… Por más que me esfuerzo, no te deslaminibinidizo.
¿Acaso me acuerdo?
Jorge Mario Yepes
Deja un comentario