
Como bumangués, me siento muy complacido de que exista en la ciudad una pluma como la de Jorge Mario Yepes. Espero que no se moleste con eso de la pluma: podemos llamar así, metafóricamente, a esa técnica suya de escribir desde un celular con bastante zoom, debido a sus limitaciones ópticas.
Como sucede con casi todos sus nuevos conocidos, conocí a Jorge Mario al mismo tiempo que a Greta, su golden retriever, que no sabe ser perro guía, sino solo compañera fiel —a la que, en últimas, le toca aguantárselo—. Andaba de gira con su última obra y me regaló una copia. Esa misma tarde empecé a leerla y la terminé al día siguiente, no porque fuese muy ligera, sino porque tiene ese factor de enganche ágil que obliga a seguir.
Desde que conocí su estilo, no pude dejar de encontrarle similitudes, guardadas las proporciones, con Charles Bukowski, adalid del realismo sucio; y es que hasta se me parecen físicamente. Habiéndolo visto y luego leído, me dije: «Este es el Bukowski de Bucaramanga».
Tengo claro que tamaña comparación no le habría hecho ninguna gracia al gran maestro, pues tenía sus propias habilidades como escritor en muy alta estima, a un nivel, digamos, casi arrogante —o sin el casi—. Lo cierto es que a Yepes tampoco le agradó que le mencionara esa supuesta similitud que yo veía, cuando me dio por soltársela en frío, creyendo que era muy necesario hacerlo.
Me parece que, en el fondo, ambos podrían transigir, al menos, en que se les diga que se parecen en esa esencia de poetas malditos, rasgo sine qua non de los grandes, de los que valen la pena. Mi sorpresa fue mayúscula cuando le comenté a Yepes mi hallazgo, pensando que se enorgullecería de tal reconocimiento —porque yo tengo a Bukowski por un grande entre los grandes—, y este me suelta que ni siquiera sabía quién era ese tal personaje.
Entonces, en vez de desistir, reafirmé el parecido, pues reconocí otro factor compartido: ambos consideran que lo suyo es genuinamente genial y están a gusto con lo que escriben y con la manera en que lo escriben. No sienten empacho en declararlo tal cual, abiertamente, aun a riesgo de menospreciar todo lo demás que se publique. En cuanto a ponerse a escribir, tampoco parece que les cueste demasiado trabajo y, aun así, con envidia manifiesta, reconozco que se les da muy bien.
De pura intuición, siempre he sostenido que todo gran escritor debe ser un gran lector. Hace poco lo reafirmé al escuchar una entrevista a Mario Escobar Velásquez en la que, como genio literario que es, reconocía que los nuevos escritores se encaramaban a los hombros de los viejos; es decir, que, gracias a ellos, cada uno iba desarrollando la literatura desde donde los otros la habían dejado.
Por eso considero tan importante la lectura para los escritores: para que tengan muy presente que ya hubo un Homero, un Cervantes, un Dostoyevski, un Pérez Galdós, un Maupassant, un Caballero Calderón, etc. Los nuevos escritores, como todo neófito, están siempre en deuda con quienes ya dominaron las técnicas y los instrumentos y crearon las grandes obras. Sin embargo, dentro de esa lógica siempre me quedó una pregunta vaga, sin resolver: ¿a quién o qué leyó, entonces, el primer escritor?
Digo esto para señalar un último aspecto de la intrincada comparación que vine a pergeñar. Aunque Yepes ha leído a otros escritores, como ya hemos dicho que debe hacerlo todo escritor, ya en confianza puede llegar a reconocer que lo suyo ha sido leer un poco de cada uno, más que aplicarse al estudio minucioso de los referentes que suele mencionar: Rulfo, Borges, Cortázar y esos rusos y franceses que nunca termina de concretar cuáles, entre tantos, serán.
Todo lo cual me recordó que un día me puse a revisar los escritores que Bukowski dijo, en alguna entrevista, haber leído, y la verdad es que no se parece en nada a ellos; por ejemplo, a Turguénev, a quien me llevó a revisar durante un tiempo. A quienes conocemos al bueno de Bukowski nos gusta precisamente por sus imprudencias, su lenguaje irreverente y su altivez al criticar toda —o casi toda— la literatura y poner por encima su propio aporte.
Tampoco se parece Yepes en nada a los que dice haber leído. Para mí, simplemente, Yepes es Yepes; y en eso, o en aquello que ya dije, sí se parece a Bukowski. Y punto.
Dicho lo dicho, lo que realmente quería decir es que, para todos aquellos a quienes nos gusta la literatura sincera, sin grandes aspiraciones, con trazos de humor negro, sátira y coloquialismo, leer a este señor de Bucaramanga, Santander, Colombia, nos asegura un buen rato de solaz. Vale la pena acercarse a sus textos para interpretar, criticar y reflexionar sobre la propia existencia, la sociedad en la que estamos inmersos y la historia tal como nos la han contado.
Vengan, pues, unas horas muy bien empleadas en medio del realismo sucio y mágico al que nos puede acercar nuestro amigo de visión profunda, aunque nubosa, Jorge Mario Yepes Velásquez.
José David Ávila Zárate
Gestor territorial
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