
Hoy abrí los ojos temprano. Dos veces.
La primera, a las tres de la mañana, en el sofá, para quitarme el pantalón de pijama, que es muy caliente, e irme a dormir a mi cama. La segunda, a las cinco en punto, para sentarme frente al escritorio y mirar un par de cosas en el celular… Cualquier par de cosas. Esos aparatos soportan tanta escoria cultivada en las redes que algún contenido tendrá la dosis necesaria para hacerme reír. Me sentí de maravilla con el aviso de la captura de alias Malvavisco, llamado así porque era malvado y bizco.
Saqué a mi perra para que depositara su ofrenda. No sé dónde le cabe tanto popó a un perrito. Me alegré de recoger el desecho en una bolsita. La gente que tiene perro no cuenta que puede ser feliz mirando la caca de su mascota porque, según la textura y el color, sabe si el animalito está sano o enfermo.
Si no fuera por Greta, seguramente viviría como una monja de clausura y pondría hasta una ventanita en la puerta para que me pasaran los alimentos.
El mundo es un purgatorio giratorio allá afuera.
Está lleno de gente que piensa que la inteligencia se da por billetera; gente que pasea con cara de que todo huele a caca o que se sienta en algún sitio donde el café vale veinte veces más que en la esquina, para demostrar que ellos sí son completamente inodoros.
Me sentía bien: mi perra cagó bonito y yo quería escribir mi artículo temprano.
De vuelta, ya no me sentía bien. Tenía la cabeza pesada y volví a la cama.
No me provoca moverme. Lo daría todo por un abrazo.
Tengo un dolor de cabeza que no se me quiere ir y estoy absolutamente cansado. Pero voy a pedir unas aspirinas efervescentes a la farmacia.
Tampoco he tomado café. Podría ser eso… Ayer se me quemó y me da pereza lavar la olla, con una costra de café y panela soldada al fondo.
Tengo la casa vuelta miseria…
¿Será que también puedo preguntar en la droguería por una vida nueva y unos ojos verdes como los que tenía cuando estaba muchacho?
Hace un par de días, un joven escribió que yo escribía como un tal Charles Bukowski. Lo había oído nombrar, pero no lo conocía.
En este medio de lectores y escribidores, muchos presumen haber leído a un montón de gente. El dichoso Bukowski aparece en varias listas.
Corrí a la Wikipedia a conocer al man. Leí dos de sus cuentos y estoy en medio de uno de sus libros.
La sorpresa fue grande: le pasaban las mismas cosas que a mí.
Y el carajo escribía como escribo yo.
Jamás pensé que un muerto pudiera plagiarme.
Jorge Mario Yepes Velázquez.
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