JM Yepes

Jorge Mario Yepes

LOS OJOS DE VIDRIO

Ilustración de la obra Los ojos de vidrio.

El verdadero motivo de los que escriben nunca ha sido plenamente determinado.

Yo mismo no sé por qué lo hago; tal vez sea más económico que hablarle al psicólogo…

En lo personal, he hecho lo segundo en algunas ocasiones. ¡Y hasta con el psiquiatra!

Pero prefiero el ejercicio dialéctico al dialógico.

El razonamiento y la confrontación de mis propias ideas con la voz que habla dentro de mi cabeza me permiten sacar conclusiones más precisas y fundamentadas sobre por qué no llegamos a este mundo de una vez bañados, desayunados, bien vestidos y con plata.

El diagnóstico siempre es el mismo: no tengo remedio. Por eso me automedico con dosis de escritura que me hacen más efecto que la fluoxetina.

Y la terapia de amarrarme a un párrafo es más eficiente que una camisa de fuerza, en caso de que esté loco de remate… algo que no he podido descartar.

Asaltado por un desafío, se me ocurrió hacer novela.

Para mí, que he leído tantas, tan buenas y tan malas, ha sido un ejercicio sorprendente. Escribir cuentos ya es una dosis insuficiente para mantener mi cordura, pero lo que encontré investigando para mi obra, que tiene carácter histórico, sí se lo tengo que contar.

Tratando de comparar las guerras civiles que han azotado a los diferentes países de la mal descubierta América, me encontré con Maximiliano de Habsburgo.

Como se encuentra uno la pata de la mesa con el dedo chiquito del pie.

Los conservadores mexicanos más desesperados —«recalcitrantes», dirían los escritores que escriben bonito; pero odio la palabreja, porque no describe la angustia de aquella clase social ante la posibilidad de perder sus privilegios y feudos— le ofrecieron al príncipe cesante el trono y el título de emperador de México.

El príncipe aceptó encantado; Napoleón III, también encantado, y las monarquías europeas, complacidas.

Los liberales mexicanos, con Benito Juárez a la cabeza, mantenían un gobierno republicano paralelo e itinerante, cuya sede trasladaban de un lado a otro, en lo que los historiadores llaman «la República peregrina».

Juárez resistió, combatió y, finalmente, recuperó el poder.

Maximiliano fue derrotado, juzgado y condenado a muerte.

Y aquí es donde empieza la tragedia.

Bueno, no exactamente.

Porque uno supondría que una tragedia termina cuando muere el protagonista. Pero a Maximiliano todavía le faltaba lo peor.

Yo la historia no la estudio: ¡la vivo! Es decir, trato de imaginarme a mí mismo en el sitio del miercolero, como un personaje más.

El 19 de junio de 1867, Maximiliano fue llevado al Cerro de las Campanas, en Querétaro, junto con sus dos compañeros de la última batalla —aunque últimamente más de inodoro, porque estaban enfermos de disentería—: los mexicanos Miguel Miramón y Tomás Mejía.

No se rindieron peleando: fueron traicionados por su guardia y levantados de la cama.

El pelotón de fusilamiento los puso frente a un muro levantado a toda carrera con ladrillo crudo.

A la hora señalada, Maximiliano pronunció unas palabras sobre la libertad y el futuro de México, y bla, bla, bla, bla.

Después se acercó a los soldados que iban a dispararle y les entregó monedas de oro, pidiéndoles que no le dispararan en la cara, para que su madre pudiera reconocerlo.

Una petición bastante modesta para alguien que estaba a punto de perderlo todo.

A las siete en punto de la mañana, la descarga lo atravesó con varios disparos.

Maximiliano no murió.

Hubo que acercarse y darle el tiro de gracia, con un disparo de fusil apoyado en el pecho que le atravesó el miocardio.

Esta vez sí.

Hasta ahí, la historia de un emperador fusilado. Trágica, pero nada extraordinaria para los tiempos que corrían.

Lo extraordinario vino después.

Benito Juárez había dispuesto que el cadáver fuera embalsamado. Sabía que los austríacos iban a reclamar el cuerpo y que habría que devolverlo en condiciones presentables.

No se trataba de un trámite sencillo.

La tarea recayó en un médico militar que era más político que médico y más fanático que político: Vicente Licea.

Es aquí donde la historia empieza a confundirse con cualquier relato de Frankenstein o con cualquier procedimiento del Tren de Aragua.

El cirujano convirtió una pequeña capilla en anfiteatro.

Amarró un lazo a las vigas del techo y colgó el cuerpo del fusilado por los tobillos, con la cabeza hacia abajo.

Después comenzó a hacerle cortes estratégicos y a colocar baldes debajo para recoger la sangre.

Era apenas el primer paso del embalsamamiento.

Lo que hasta unos días antes había sido un emperador, con uniforme, condecoraciones, séquito y derecho a que le besaran la mano, permanecía ahora suspendido de una viga, esperando que terminara de escurrirse.

Licea dejó pasar un par de días.

Cuando regresó, abrió el cuerpo y extrajo los órganos internos.

Luego destapó el cráneo y sacó el cerebro.

También los ojos.

Rellenó las cavidades con estopa y aserrín mezclados con bicloruro de mercurio, aceite egipcio y otras vainas destinadas a conservar aquello que empezaba a dejar de parecerse a un ser humano.

Mientras tanto, la noticia de que había un príncipe en proceso de conservación comenzó a atraer un turismo morboso.

La curiosidad fue inmediatamente satisfecha con la venta de retazos de la ropa que llevaba al momento del fusilamiento, pañuelos sumergidos en sangre «real» y relicarios con porciones de su barba.

¡Mejor dicho! Si no hubiera habido que devolverlo, lo habrían vendido por libras.

Pero el médico tenía un problema.

Ya listo el muñeco dentro del ataúd, se dio cuenta de que los párpados no le cerraban.

Había vaciado y rellenado el cuerpo, tratado las carnes con productos químicos y dispuesto todo para que resistiera el viaje. Pero no había manera de conseguir que aquella cara adquiriera la expresión apacible que se espera de un difunto respetable.

Los ojos faltaban.

Y sin ellos, al parecer, la muerte no quedaba bien presentada.

Licea voló presuroso al convento de enfrente y, revisando entre las imágenes de yeso, encontró a Santa Úrsula con unos hermosos ojos negros de vidrio.

No dudó en decomisarlos.

Agarró el par de globos y los hundió a presión en las órbitas del príncipe.

La operación resolvió el problema de los ojos, aunque no necesariamente el de la expresión.

Maximiliano quedó mirando como Terminator después del incendio… o como cuando a uno le llega el recibo de la luz.

Santa Úrsula, por su parte, se quedó ciega.

Y así, con los ojos prestados de una santa, el emperador de México quedó listo para emprender el regreso a casa.

O eso creyeron.

El cuerpo —o lo que quedaba de él— fue confinado en una pesada caja de plomo y enviado hacia la Ciudad de México, donde debía comenzar el proceso de repatriación.

En un asomo de humanidad, al médico lo metieron preso.

Mientras tanto, el cadáver emprendió su travesía sobre una carreta, escoltada por un piquete de soldados.

Al atravesar un puente, la estructura no aguantó el peso del sarcófago. El vehículo volcó y el ataúd cayó al lecho del río, se estrelló contra las piedras y se fracturó.

El agua penetró en la caja.

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes había previsto.

Los productos químicos empleados en la conservación reaccionaron con el agua.

Sacar del río un ataúd de 250 kilos, utilizando lazos y la fuerza de los soldados, tomó su tiempo.

Cuando finalmente consiguieron recuperarlo, el proceso de descomposición había adquirido un aspecto todavía más inquietante.

La piel del emperador había comenzado a tornarse de un color negro azulado.

Los labios se contrajeron, dejando los dientes al descubierto.

Aquella boca, que semanas antes había pronunciado un discurso sobre la libertad y el futuro de México, mostraba ahora una sonrisa que nadie habría querido ver.

El noble difunto quedó como uno de esos muñecos de la casa del terror en la Ciudad de Hierro.

Con una diferencia: este había sido emperador de verdad.

Y todavía tenía que viajar.

Un trayecto de cinco o seis días a marcha forzada se convirtió en uno de casi tres semanas.

Cuando finalmente llegó a un hospital de la Ciudad de México, los encargados de recibirlo se encontraron con un problema que no cabía disimular con ceremonias ni protocolos.

El olor.

Apenas abrieron la caja, el personal médico tuvo que cubrirse la nariz con pañuelos impregnados en alcoholes y aceites.

Había que restaurar nuevamente aquel cuerpo antes de entregarlo a los austríacos.

Y comenzaron.

Raspando aquí, limpiando allá, aplicando barnices y sustancias que devolvieran alguna apariencia de dignidad a los restos.

El problema era que cada intervención parecía alejar un poco más al emperador de su aspecto original.

Conservarlo ya no consistía tanto en impedir que se descompusiera como en tratar de que siguiera pareciéndose a Maximiliano.

Los ojos del mundo estaban fijos en el gobierno mexicano y en el retorno del príncipe de Austria a su hogar.

Juárez se hizo de rogar.

El oficial encargado de reclamar el cuerpo no pasaba de hacer lobby en el despacho presidencial.

Pero su rango y su uniforme no le sirvieron de nada: su gobierno no reconocía al gobierno de México y, por lo tanto, el gobierno de México no aceptaba la visita.

El emisario tuvo que despojarse del uniforme y las medallas e ir como un paisano cualquiera a reclamar el cuerpo por razones humanitarias.

Mientras los gobiernos discutían sus diferencias diplomáticas, Maximiliano seguía esperando.

Dentro de su caja de plomo.

Con sus ojos de vidrio.

Después de cinco meses, por fin el presidente Benito Juárez dio vía libre a la repatriación.

El cadáver viajó dos meses en la bodega del Novara, el mismo barco que lo había traído a América.

Había partido de Europa como emperador, dispuesto a gobernar un país que apenas conocía.

Regresaba convertido en una momia cuidadosamente empacada.

Al llegar, fue recibido con todos los honores.

Después de celebrarse los oficios fúnebres, la archiduquesa Sofía de Baviera, madre del finado, quiso ver por última vez a su hijo.

Y ordenó que abrieran el ataúd.

Hasta entonces, todo lo que había ocurrido podía explicarse como una sucesión de desgracias, errores médicos, accidentes de transporte y dificultades diplomáticas.

Pero faltaba aquella última escena.

La madre esperaba encontrarse con el rostro de su hijo muerto.

El mismo hijo que había salido de Europa para convertirse en emperador.

Apenas levantaron la pesada tapa de plomo, un olor insoportable obligó a los presentes a retroceder.

Sofía permaneció frente al cofre.

Haciendo acopio del valor que solo una madre puede reunir en semejantes circunstancias, se inclinó para mirar.

Lo que encontró difícilmente podía reconocerse como un rostro humano.

La piel, ennegrecida y alterada por los productos químicos, había perdido su apariencia natural. Los labios retraídos descubrían los dientes en una mueca que parecía una sonrisa.

No era la cara que ella recordaba.

Ni siquiera conservaba la expresión de un hombre muerto.

Pero había algo intacto.

Dos ojos negros.

Redondos.

Brillantes.

Abiertos.

En medio de aquella cara desfigurada, los ojos parecían mirar directamente a la madre.

Eran lo único que no se había deteriorado.

Lo único que conservaba una apariencia de vida.

Y no pertenecían a su hijo.

Eran los ojos de vidrio que Vicente Licea le había arrancado a Santa Úrsula.

El grito de la archiduquesa se oyó hasta la calle.

Acto seguido, cerraron la tapa de golpe, colocaron el cajón donde tenía que ir y el emperador Maximiliano de México no se ha vuelto a mover desde entonces.

Bueno, está bien.

Ni un cuento del doctor Mortis iguala el terror que, si acaso algún vestigio del alma quedara en los despojos mortales, sufrió el desdichado protagonista de esta muy cierta historia.

Imagínense ustedes.

A ningún noble europeo le quedaron ganas de emprender otra aventura semejante, de luchar por ideales que no son tan ideales, en una tierra donde los designios de Dios siguen siendo una incógnita, porque está encadenada a ideologías foráneas y todavía no ha podido encontrar su verdadera identidad.

A mí me siguen inquietando aquellos ojos.

Santa Úrsula todavía los debe estar buscando.