JM Yepes

Jorge Mario Yepes

Categoría: Prosa

  • LA NAVAJA AUTOMÁTICA

    —Mire, si usted no pone la billetera en mi bolso, le entierro esta navaja, perro —amenazó María Teresa apoyando la punta de su navaja contra el costado del hombre que venía detrás de ella, al momento de abordar el autobús, y que fue a sentarse a su lado.

    Los días de las personas que quieren salir adelante son cortos, cuando se quieren superar, cuando el entusiasmo y la juventud se vuelven cómplices para alcanzar una meta… cuando se tiene la voluntad de salir de donde no salen muchos, de un vecindario alejado, sucio y pobre, plagado de pandillas y malos hábitos.

    “Mariate”, como le decían los que la querían, era la única mujer de cuatro hijos.Jugó al fútbol, a los quemados, al Yoyo Russell, al trompo… y a las trompadas con sus hermanitos, que nacieron en serie, uno detrás del otro, con un embarazo de diferencia. Fue la tercera en nacer en una familia de esas, donde los padres literalmente se rompen hasta el alma trabajando para darles a los muchachos la educación y las oportunidades que no tuvieron… Pero tampoco lo lamentaban, porque el campo era lo de ellos.

    Alejandro Gómez y Débora Plata habían llegado de Suratá, recién casados, huyendo, como huyen muchos, y ni vale la pena hablar de qué se huye en los campos de Colombia. Todo el mundo lo sabe. Se establecieron en uno de esos barrios de invasión que al principio son cinturones de miseria y que van ampliando las ciudades.

    ¡Claro que se repartió chancleta en esa casa! Se corrigió con correa y carácter. En la cuadra, no faltaron las peleas y el bullying recíproco de los tres muchachitos y la jovencita, junto con el resto de niños de la manzana.

    Se jugaba “escondite” y “la lleva” en la calle y se daban puños, como sucede con todos los jovencitos después del grito: “¡Por mí y por todos!” o… “¡Tacho arremacho!”

    Ir a la escuela del barrio Techo al norte de Bucaramanga era una aventura, caminando por barrancos y caminos de tierra lisos cuando llovía.

    Dispuestos a sacar esos niños adelante al precio que fuera, Débora y Alejandro se aseguraban de que fueran a clase, y la madre estaba pendiente de la llegada, y los sentaba a hacer las tareas, mientras el padre arreglaba carros en los talleres de la Carrera 15.

    Después de una de las celebraciones de la novena decembrina en el salón de la junta de acción comunal, de regreso a casa, Mariate, al dar un paso, pateó un objeto sólido, alargado, de unos 10 cm, que rebotó travieso contra una piedra dando vueltas.

    Curiosa por el sonido y la forma como rebotó, levantó del suelo lo que parecía ser una empuñadura de cuchillo sin hoja, negro brillante, pesado y rematado en metal plateado en los extremos, con un punto metálico en el centro. Al presionarlo, instantáneamente, salió del costado de aquel artilugio una hoja de acero brillante con un filo sobrecogedor.

    Entonces reconoció la Navaja Automática que había visto en las películas que veía con sus hermanos los sábados y los domingos en la nochecita, en el televisor de la sala. Nunca había visto una en persona.Presionó el botón de nuevo y la hoja dócilmente volvió a su lugar ayudada por la palma de su mano. Entonces la guardó en su bolsillo, fascinada.Acababa de cumplir 14 años.

    Nunca le mencionó a nadie el hallazgo de la navaja automática y la mantenía cerca con ella a toda hora; en su bolso, en un bolsillo, disimulada con alguna otra cosa para que no se notara.

    Nunca se desprendió de aquel artefacto; algunas noches, a solas en su cuarto, la sacaba y la abría, para leer las letras que traía la hoja en la parte de atrás:

    _Stiletto_. La cerraba y la volvía a guardar.A veces repetía, solo por ver la hoja pegar el brinco.El barrio empezó a transformarse, pero a los Gómez Plata no les alcanzó el progreso.

    El barrio comenzó a llamarse Kennedy. Los jóvenes todavía pasaban por calles empinadas, lotes baldíos, con grupos de muchachos por ahí en el monte, fumando cigarrillo, tomando guarapo y haciendo los primeros pasos para graduarse de antisociales, que luego llenaron la Calle 4ª.

    “La Cuarta”, a la que llamaban inicialmente la calle del “Bombillo rojo”, que ya empezaba a mostrar sus letreros de neón, música de Pick Up, con putas del páramo y pueblos aledaños.Los mayores de la casa fueron terminando los estudios en el colegio Santander, seguidos, año tras año; en el mismo orden que nacieron. Grado con celebración de vino Cherryn’Old, botella de aguardiente Superior, radiola con música de los Ocho de Colombia y baile con las primeras novias… Y a la semana siguiente, a buscar trabajo.Mariate daba clases de matemáticas particulares por lo que le pudieran dar las mamás de los niños. No quiso dejar sola a su mamá.Ver llegar al viejo con sus manos hinchadas de apretar tuercas en el taller, al terminar la jornada, era ritual de todas las noches.María Teresa, con inmenso cariño, le sumergía las manos en agua tibia con sal y le hacía masajes con aceite Johnson… Vivir con lo justo, no poder salir del norte, ni acceder a una casita del Instituto de Crédito Territorial y la inseguridad de aquella zona, eran motivo de largas conversaciones familiares, que formaron en ella una determinación inquebrantable de ir a la universidad y estudiar una carrera, ¡Una ingeniería en la UIS!El menor iría al Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, allá en la calle 19 con carrera 35.Excepcionalmente, todos los hijos salieron juiciosos y emprendedores. La chancleta hizo bien su trabajo.La embotelladora de cerveza y la fábrica de cemento les dieron cierta estabilidad a los dos mayores que empezaron a ayudar en la casa.Entonces Mariate entró a la universidad.Aquella muchacha decidida a estudiar ingeniería mecánica empezaba su jornada a las 4 de la mañana. Tomaba el bus a unas cuadras de su casa.Aquella mañana de cualquier día en 1963, la joven se levantó, se bañó con agua fría y se vistió como acostumbraba: de camiseta o camisa de sus hermanos por fuera y blue jeans de El Roble, –como siempre los había usado, y su par de tenis “Croydon”… Nunca le entusiasmaron los vestidos ni los tacones.(Las dos únicas veces que la vieron vestida de enaguas fue para su primera comunión y su fiesta de 15 años de barrio, con bailada de vals, ponqué, vino Sansón y foto. Las dos veces, después del documento gráfico, salió disparada a su cuarto a ponerse blue jean y tenis.)Abrió la cajita donde guardaba el dinero de los buses, puso un par de billetes de a peso en su bolsillo, se colgó el bolso guajiro terciado en los hombros, se sentó en la mesa de la cocina, sacó su libro de la primera clase del día, lo miró mientras tomaba su café con pan… se despidió y salió a tomar el autobús como todas las mañanas, desde hacía 2 semestres.Los abismos que rodean la meseta de la ciudad de los parques son guarida de una bruma blanca y espesa, que hace que en las madrugadas la ciudad flote en una nube.De aquella niebla salen los pasajeros que llegan a la estación a tomar el primer autobús.Mariate hizo la fila para abordar.Aquel hombre detrás de ella se acercó demasiado, olió su aliento vinagre, contuvo la respiración.Al paso por la registradora, sintió un pequeño tirón en la mochila, se puso alerta. No volteó a mirar atrás, discretamente tanteó su bolso; no sintió su billetera, solo un par de cuadernos y un libro.Pensativa, fue a sentarse cerca de la puerta trasera, donde siempre tomaba el asiento, contra la ventanilla.El hombre se sentó al lado de ella.María Teresa no lo miró.Siguió tanteando el bolso, que puso sobre las piernas… Estaba rígida, alerta y muy nerviosa.le pasó por la cabeza que fuera uno de esos cosquilleros que se suben a robar a los buses y que venía por más.¡La billetera!, pensaba. Con la cédula, el carné de la universidad, la tarjeta de la biblioteca y el billete de 500 pesos cuidadosamente doblado al fondo para emergencias.

    Era una costumbre que le había enseñado su padre.—Siempre mantenga un billete en la billetera, m’ija, no lo gaste, es un seguro, para que no se tenga que bajar los calzones por ningún favor, ni la tengan que bajar de un carro bien lejos; por no dejarse irrespetar, para que usted tenga que andar a pata…Ese día coge un taxi y se viene para la casa.-No puedo perder la monjita, pensó entre el pánico y la determinación. (“La monjita”, le decían al billete de 500 pesos, porque traía la foto de una monja).Volvió disimuladamente a apretar el bolso desde afuera por todas partes y entonces sintió aquello.¡La navaja automática! Nunca se había separado de ella.Pensó en el barrio, en las peleas, en el vocabulario soez que había escuchado toda su vida, y hastá en el acento de los callejeros. ¡No se iba a dejar!Metió la mano en la mochila disimuladamente y, a tientas, encontró el botón del resorte de la _Stiletto.

    _ Entonces, levantando el bolso hacia el lado del hombre, tapando su mano, aquella hoja brincó y quedó rígida delante de la empuñadura.Presionó la punta contra el costado de aquel infeliz y le dijo, muy claro y muy bajo:

    —Si usted no pone la billetera en el bolso, le entierro esta navaja, perro, y me importa un culo, y si me persigue, lo espero y me hago matar.

    El hombre, de unos 40 años, mestizo asomando canas, delgado y huesudo, la miró de reojo, pero se puso rígido, siguió mirando al frente mientras metía la mano en su pantalón y discretamente deslizó la billetera dentro del bolso.María T. lo sintio, no le quitó la mirada de la cara, de repente se levantó, casi pasando por encima del desgraciado, golpeando sus rodillas y gritando al chofer:

    —¡Parada! ¡Parada!

    —¡Viejo puerco atrevido, no lo dejen bajar! guardó la navaja abierta en la mochila,la puerta estaba al lado y, aún sin que el chofer se detuviera completamente y ante la alarma de todos los que voltearon a mirar, prácticamente saltó del bus en marcha. Se escucharon otros gritos dentro de aquel vehículo, pero ella corrió, sin detenerse y sin mirar atrás, hasta que se dio cuenta de que nadie la estaba persiguiendo.

    Entonces se detuvo, caminó, volvió a correr y se metió por las cuadras de aquel barrio desconocido, hasta que encontró una tienda de esquina con mesas.Se sentó. Todavía temblando.

    Vigilando las dos entradas al negocio por la calle y la carrera.

    La señora que atendía el mostrador la vio nerviosa y le interrogó:

    —¡Qué le pasa, niña!—Un viejo asqueroso me quería robar en el bus, pero no me dejé! —Le dijo triunfante a la dependiente mientras sacaba del bolso la billetera y la ponía en alto.

    Esa no era la billetera.Alarmada, María Teresa Gómez Plata colocó encima de la mesa aquella billetera desconocida de hombre, la abrió y encontró una cédula de ciudadanía, una libreta militar y quince pesos.Estaba segura de que ese señor era el ladrón…

    —Pero entonces, si no fue el viejo, tuvo que haber sido algún pasajero sentado al lado de la registradora.Volvió a mirar qué más había y sacó una foto del viejo con una señora y los niños.Leyó la cédula:“Suárez González Abimael”.

    —¡Ay, Dios! ¡Acabo de atracar a ese pobre hombre!—¡Juepuuuta, qué cagada!Salió de aquella tienda con las orejas calientes de la vergüenza, la culpa y la confusión.Caminó hasta la universidad, llegó a mitad de jornada, no le importó. Ese día no le importó nada.Asistió al resto de clases como una autómata; la mochila le pesaba como si llevara plomo.

    Llegó a casa en la noche. No tenía hambre ni ganas de saludar ni de hablar, ni siquiera de respirar, la culpa le apretaba el cuello.La billetera de aquel hombre dentro de la mochila se sentía como un ladrillo.Su mami la vio sentada en la mesa de la cocina.Se acercó sonriendo y la abrazó ahí sentada.

    —Ay, María, m’ija, ¿cómo, cómo le fue?Y, sin esperar respuesta, continuó:—Cómo le parece que usted; esta mañana, dejó aquí su billetera… La encontré aquí mismo en el piso, debajo de la mesa.